La pascua de Francisco de Asís.
La muerte de un hombre cristiano.
Estimados hermanos: Paz y Bien.
Este año celebramos el 8º centenario de la muerte de Francisco de Asís (1226), cuando tenía unos 44 o 45 años. Esta conmemoración nos pone ante la realidad de la muerte: nos interpela sobre cómo vivimos la muerte de los otros y cómo percibimos la nuestra. El Pobre de Asís es un espejo ante el cual los cristianos nos podemos mirar, también en el trance de la muerte.
Sus primeros biógrafos nos cuentan que él realizó varios gestos y mandó a sus hermanos una serie encargos, los días y las horas previos a su fallecimiento. Tal “escenificación” no presupone que Francisco fuese indiferente ante la muerte, o que la tomase a la ligera de manera ingenua o distorsionada. Si no todo lo contrario, era muy consciente de la gravedad de lo que se le venía encima. Más aún, mucho antes de intuir la proximidad del final de sus días, él ya había pasado por la incertidumbre, por el miedo y el terror ante la muerte. Esto lo deduzco de sus intensos dolores agravados por sus enfermedades y por las llagas; y por dos episodios críticos: sus interrogantes acerca de su trayectoria vital y el movimiento religioso que había generado; y sus dudas sobre su propia salvación.
Antes de su muerte, consuela a sus hermanos presentes, rotos por el dolor y el llanto, y también anima al médico a tener valor para que le pronostique la proximidad de la muerte. Ordena que le traigan un pan, lo bendice, lo parte y le da un trocito a cada uno. Manda que le traigan el códice de los evangelios y pide que le lean ese pasaje del evangelio según San Juan, que comienza: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos…, los amó hasta el extremo…” (Jn 13, 1-15). Anima a sus hermanos a alabar a Dios con el Salmo 141, puesto en boca de Cristo camino de la cruz, que se abandona en las manos del Padre: “Clamé al Señor con mi voz, con mi voz supliqué al Señor…”. También invita a todas las criaturas a la alabanza Dios, a través del Cántico del hermano Sol, llegando al punto de provocar a la muerte para que también ella alabe y se hospede en su cuerpo. En el Cántico la llama “la hermana muerte”. Bendice a los hermanos presentes y futuros. Lo último que manda a los hermanos: que cuando esté a punto expirar, lo pongan desnudo sobre la tierra y así lo dejen un tiempo. Los biógrafos narran otros detalles festivos y alegres, en medio de un ambiente triste y desolador.
Por lo tanto, Francisco vive, celebra, su muerte cómo una pascua, cómo un paso o un tránsito de la vida terrenal a la vida plena con Dios. El motivo de esta esperanza y alegría: su inquebrantable fe en Jesucristo muerto y resucitado por y para los hombres. Francisco, fiel seguidor de las huellas de Jesús, está convencido que le aguarda el mismo destino de su Maestro y Señor, participando de su victoria sobre la muerte. No es casual que pidiese ser llevado a morir a donde había empezado esa andadura evangélica: la Porciúncula.
Este seguimiento de Jesús le conduce a la conversión (“penitencia”) y por ello muere en paz, reconciliado con Dios, con los hombres y todas las criaturas, de manera que sólo puede cantar, bendecir y alabar, sin olvidar que ha salido de la tierra y a ella vuelve, para nacer a la nueva vida, para regresar a su Creador.
Los relatos de la muerte de Francisco evidencian su protagonismo; sin embargo, el centro lo ocupa la persona de Jesucristo. Todos los gestos y palabras alusivos a la Ultima Cena, así lo confirman. No pretende celebrar la eucaristía, ni mucho menos reproducir la Última Cena, cómo si se tratase de una imitación (inimaginable por su manera de pensar). Sino más bien, a través de esos gestos de la última hora, quiere ratificar lo que había vivido y enseñado a sus hermanos: Jesucristo está vivo y presente en medio de los hombres a través de la eucaristía, memorial de su muerte y resurrección, donde se entrega sin límites por nosotros. Jesucristo es el centro de la vida cristiana, y por supuesto de la vida de la fraternidad franciscana (no su fundador), que manifiesta el amor de Dios, en su grado máximo, para con los hombres, visible en la misa. Ese Jesucristo que antes de entregarse en la cruz, se ha abajado para lavar los pies de los discípulos, para servir y obedecer, que se parte y reparte en la Última Cena como alimento.
En definitiva, Francisco quiere transmitir un mensaje claro a sus hermanos sobre dónde radica el fundamento de la fraternidad, de la comunión entre ellos. Y, sobre todo, pretende conducirlos de la desolación, amargura y dolor que genera la muerte del ser querido, a la consolación y a la esperanza en la vida eterna que garantiza el Resucitado.
Para nosotros, como para sus hermanos, Francisco con su muerte nos invita principalmente a dos actitudes. Primera: nos exhorta a la conversión y consiguiente reconciliación con Dios, con los demás (con toda criatura) y con nosotros mismos. Segunda: nos consuela y reaviva nuestra esperanza ante la muerte; nos recuerda que nuestra existencia tiene un sentido, que la vida merece la pena ser vivida y de manera apasionada; que nuestra historia personal con sus luces y sombras, al igual que la historia de la humanidad, tienen una meta: la vida eterna con Dios. A la vez, nos muestra que Jesucristo, a través del Espíritu, es la fuente donde mana ese sentido y esa vida plenos. En Dios hallamos la esperanza que no defrauda, que sostiene e ilumina nuestro caminar en esta tierra.
Que el Santo de Asís interceda por nosotros ante el Señor para que, ante la muerte, nuestra fe no flaquee, nuestra esperanza no se desvanezca y nuestra caridad no mengüe.
¡Feliz fiesta de San Francisco!
Vuestro párroco
Fray Miguel Ángel Lavilla Martín
