sábado, 18 de diciembre de 2010

17 DE DICIEMBRE: Beato Juan de Montecorvino. Arzobispo de Pekín, de la Primera Orden (1244‑1328)

Todos son unánimes en afirmar que no ha habido en toda la historia de la Iglesia una figura más simpáticamente edificante que la del franciscano Juan de Montecorvino, primer arzobispo de Pekín y primado de todo el Oriente. Nació en 1244 en Montecorvino, cerca de Salerno. En 1289 fue enviado por el papa Nicolás IV como Nuncio entre los tártaros. Habiendo partido de Tauria, entonces capital de los dominios mongoles en Persia, en 1291, después de trece meses de travesía por Persia e India, donde enterró a su compañero de viaje Fray Nicolás de Pistoia, dominicano, llegaba hacia 1293 a Kambalik (Pekín).
Diez años más darde se unió a él fray Arnoldo, otro franciscano de la provincia alemana de Colonia. En una carta suya del 8 de enero de 1305, con sencillez evangélica cuenta cómo trece años antes, a través de Persia e India había llegado a la China y llegado a Pekín entregó una carta del papa al emperador. Con santa libertad invitó al poderoso monarca Kublai‑Kan a hacerse cristiano. Kubilai‑Kan, muy tolerante en lo religioso, se mostró favorable a Fray Juan y le dio la libertad para predicar el Evangelio.
Una primera y gran consolación la tuvo con la conversión del nestoriano Jorge, rey de los Keraitas, y próximo pariente del emperador. Los nestorianos, numerosos y poderosos en Pekín, furibundos, juraron la muerte de Juan y del rey Jorge, pero ambos triunfaron, conquistando numerosos seguidores. Fray Juan de Montecorvino trabajó por más de diez años solo, sin recibir ninguna noticia de sus cohermanos y de ningún país de Europa. Durante este tiempo, en la sola ciudad de Pekín, bautizó cerca de seis mil personas, muchos más habría bautizado si no hubiera sido víctima de una guerra atroz de calumnias de parte de los nestorianos, decididos a arruinarlo a él y su obra. Durante su larga permanencia en Pekín tuvo la alegría de acoger y abrazar al Beato Odorico de Pordenone, quien le llevó noticias de Italia.
El Papa, al saber de los maravillosos frutos del apostolado de Juan y de la inmensa necesidad de obreros evangélicos en China, consagró obispos a siete franciscanos para que partieran para la China y a su vez consagraran como su metropolitano a nuestro gran misionero, de una vez elevado a la dignidad de primer arzobispo de Pekín. Grande fue la alegría del buen misionero al abrazar de nuevo, después de tantos años, a tres cohermanos suyos, tener noticias de la Iglesia y de la Orden y de volver a oír la lengua de su patria.
Con los tres obispos sufragáneos, a los cuales después de un año se unieron otros tres, el heroico arzobispo multiplicó las conversiones. La iglesia de China contaba ya centenares de millares de convertidos. El solo fundador había bautizado más de 50.000. El ilustre metropolitano agotado por tantas fatigas, pero alegre de ver la obra tan bien desarrollada sucumbió gloriosamente en el campo de trabajo en 1328 a la edad de 81 años, después de más de 50 años de apostolado, de batallas y de triunfos que hicieron de él uno de los más grandes apóstoles de la China.